martes, 26 de agosto de 2008

COMER FLORES

Mateo Calavera
A Efraín Huerta
para que se siempre se quede con nosotros

Todo el día anduvo caminando con una piedra en el zapato. A esa hora de la tarde una parte de la planta de su pie ya se había convertido en un orificio lleno de sangre y músculo triturado. Por un momento pensó detenerse, quitarse el zapato, sacar la piedra y revisarse la herida; pero le dio miedo. Le dio miedo saber que ahora su sangre estaba enferma, llena de ese color verduzco que provocaba que las heridas se convirtieran en tumores, pequeñas protuberancias transparentes que conservaban en su interior lo primero en lo que habías pensado cuando el dolor llegaba a tu cuerpo. Ya había encontrado personas en la calle que se acostumbraban a vivir, por lo menos mientras las empresas farmacéuticas encontraban la cura, con un pequeño sofá en la ceja, una mujer desnuda que tenía su habitación permanente e incómoda en la pierna de algún hombre, algún contrato hipotecario en el estómago, un boxeador miniatura en la mano, etcétera. Un pánico terrible andaba por la ciudad; la gente se cuidaba de no ser pensada por nadie en el momento del dolor. Las revistas exclusivas para adultos empezaron a publicarse cada vez menos, el amor era un riesgo, las pláticas eran más cortas, las promesas y las despedidas casi inexistentes.
Llegó a su casa, se quitó el zapato para revisar la herida y ahí estaba el tumor, esa pequeña bola en donde ahora caminaba, de un lado a otro, un ex novio que se había encontrado el día anterior en un vagón del metro. Se sintió triste, asustada. Apretó los dientes y se tragó el maldito nudo en la garganta que se le había formado. Intentó pedir perdón, pero no pudo, parecía que el pequeño hombre que ahora vivía en la planta de su pie no la escuchaba. A partir de ahora estaba enferma, debía tener cuidado con sus recuerdos porque, si estaban muy presentes, era probable que alguno se le instalara en la pantorrilla mientras se rasuraba las piernas. Desde ese día tuvo que comer flores todas las mañanas, era un remedio que la gente había inventado, pues el sabor de las flores y la experiencia de comerlas eran tan desagradables que se te quedaban grabadas, por lo menos, todo el día.
Por la mañana, antes de ir al trabajo comió un par de tulipanes amarillos. En la oficina casi no hubo nada que hacer: se limó las uñas, se preocupó dos horas por su enfermedad, revisó sus medias negras una y otra vez, contestó cuatro llamadas, dejó dos recados, limpió dos veces su computadora y leyó un poco de poesía.
Entró a las 9:30pm a su casa, se quitó los zapatos y las medias, y revisó con cierta curiosidad el tumor en su pie. El ex novio no soportó más: se había ahorcado con su corbata azul y ahora el cuerpo estaba tirado en la parte inferior de la protuberancia. Cuando el pie se movía, el cadáver del ex novio se agitaba en el interior del tumor transparente, como si fuera un muñequito dentro de un globo. Ella le volvió a pedir perdón y esta vez no se pudo tragar el nudo en la garganta. Intentó reventarse la herida con un alfiler, pero ésta tenía una dureza semejante a la de las uñas. Dejó el alfiler sobre la cama, se desnudó para dormir y dejó caer su cuerpo sobre el colchón. El alfiler se le clavó finamente en la muñeca izquierda. Cuando el dolor llegó a su cuerpo, lo único en lo que pudo pensar fue en Efraín Huerta.

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